16 may. 2007

Una sala que se hunde


El principal problema de la Sala H, a nivel edilicio, es que se hunde. Literalmente.Varios de los pisos de las habitaciones tienen ondulaciones de hasta veinte centímetros, con agujeros que incluyen hormigueros.Una de las enfermas de este pabellón explicó lo que muestra la foto: para evitar accidentes se puso encima del agujero un tablón de madera. Casi al final del pasillo, hay una puerta de doble hoja, cerrada con llave desde afuera. Allí, contó la única enfermera asignada a la sala, hay una paciente que padece tuberculosis. Aún no se la ha podido tratar, y debe permanecer aislada para no contagiar a las otras pacientes. Hace unos veinte días que esta en esa situación.Agudos problemasEl pabellón de Agudos consta de un pasillo en forma de "L".
Allí los pacientes deambulan mostrando sus blanquísimos tobillos. Entre ellos, la comisión encontró a un anciano con marcas rojas en las muñecas. Sus ojos, bien abiertos, demostraban una evidente desorientación. "Es el típico que viene de comisaría", explicó un médico.
En la enfermería, el aire es tan sofocante que un viejo ventilador debe dar vueltas en una mañana lluviosa de 15 grados.
Las enfermeras, ansiosas por contar cómo es el trabajo allí, graficaron: "No se imaginan lo que es en verano".
Tampoco hay agua caliente.El techo del pasillo tiene aberturas por donde se cuela agua cuando llueve mucho.
Y ese es el problema especial del pabellón: los trabajdores cuenta que tienen miedo de que, al entrar el agua, algún paciente toque un enchufe o meta los dedos en el tubo de luz.
En la celda de aislamiento, este problema se agrava, ya que su piso está cinco centímetros por debajo del de el pasillo. Con azulejos amarillos en todo su interior, y un fuerte olor a orín, en el momento de la visita la celda estaba desocupada.
No tiene ventanas ni calefacción.
El pabellón tiene 19 camas y llegó a tener 32 pacientes. "El juez, aunque se le dice que no hay cama, manda al paciente", cuentan.

72 pacientes y un sólo enfermero

Al entrar al viejo edificio en donde funciona la sala Bayle, un paciente tembloroso saluda con un apretón de manos y una media sonrisa.
Detrás de él, algunos miran con desconfianza y hablan entre dientes, para sí mismos.
Casi todos están desabrigados, pese a que es un día frío y húmedo. Los 72 pacientes, atendidos por un sólo enfermero por turno, caminan con alpargatas rotas y sin medias por el piso mojado y embarrado de la sala.
Lo primero que se advierte al cruzar la puerta de entrada es un olor nauseabundo y penetrante que, sumado al de la humedad y el encierro, vuelve la atmósfera casi insoportable.
Sólo hace falta dar unos pasos, hacia la entrada del salón que sirve de dormitorio, para ver de dónde viene: una montaña de ropa sucia y sábanas manchadas con excrementos está apilada al pie de la cama más próxima a la puerta.
Lleva un tiempo acostumbrarse al hedor.
Las paredes del salón están cubiertas de humedad y hongos.
Gruesas grietas las recorren desde el piso hasta el techo.
El cielorraso no inspira mucha seguridad: el reboque se cae a pedazos y hay goteras en todas partes. Hace frío: hay algunas estufas pequeñas empotradas en las paredes, pero la mayoría de las ventanas están mal cerradas o tienen los vidrios rotos.
Hay cerca de 20 camas de caño, en dos hileras, con las cabeceras contra la pared. Son pocos los colchones que están enteros. Las sábanas están sucias y desordenadas, y encima de las frazadas descansa una cuadrilla de moscas.Al principio, las camas son lo único que parece haber en la sala. Es sólo después de un rato que se nota la presencia de personas. Sobre esas camas, debajo de esas frazadas, hay gente. Varios pacientes están acurrucados sobre los colchones, pero están tan flacos que a primera vista, por decirlo de alguna manera, son invisibles. Uno de ellos se levanta y, descalzo sobre el helado piso de baldosas, camina hacia la puerta y entra al comedor común.
El comedor consiste en un salón, bastante más pequeño, en donde hay varias filas de mesas y bancos de madera despintada. En el fondo, hay una pequeña cocina que evidentemente no está en uso. La mayor parte de los pacientes de la sala Bayle están en este comedor. Algunos están sentados en los bancos; otros, de pie junto a las ventanas enrejadas. Todos invariablemente miran fijo hacia el mismo punto. En una base sujeta a la pared, casi a la altura del techo, hay un televisor lleno de polvo.No hay muchas opciones de actividad para los pacientes de este pabellón: o están allí mirando televisión o se acuestan en sus camas, sin nada más que hacer.
No se les permite salir del edificio. Aunque si salieran se enfrentarían a otros riesgos: por ejemplo, la montaña de vidrios rotos que hay afuera, a metros de la puerta, junto al muro del pabellón.Los baños están a mitad de camino entre el dormitorio y el comedor.
No hay ningún tipo de división que impida al que pasa por el pasillo ver a quien está en el baño. Tampoco las duchas y las letrinas tienen puertas o cortinas.
El piso está empapado y las paredes, negras por la humedad.

El Melchor Romero



Gentileza de la "Publicación Asamblea Permanente por los Derechos Humanos La Plata"




Una comisión de la APDH La Plata recorrió las instalaciones del nosocomio y observó la crítica situación en la que viven los internos y las condiciones de trabajo de los profesionales. Cómo es la supervivencia en un lugar olvidado por las autoridades sanitarias.Producción y textos: Lucas Miguel, Vanina Wiman y Francisco Martínez
Los pacientes del Romero, sin contención humana ni material

Cómo estás? —le preguntó un integrante de la APDH La Plata a uno de los pacientes de la Sala Meléndez B.—Estoy mal... Tengo frío. Es una vida de perros.El hombre estaba descalzo y vestía un pantalón sucio y un pullover tajeado. Estaba muy flaco y caminaba encorvado.Es uno de los internos que sobrevive en el Hospital Neuropsiquiátrico "Alejandro Korn" de Melchor Romero. Y siguió de cerca una de las visitas que la APDH La Plata realizó al hospital, luego del pedido de ayuda de un grupo de profesionales. En esta nota, se refleja apenas una porción de lo que sucede en el nosocomio. Valga la aclaración: el motivo no es atribuir responsabilidad a los profesionales sino la denuncia de un sistema de salud que se olvida completamente del enfermo mental, que resulta condenado al abandono primero de su familia y luego del Estado, en un lugar en el que los médicos y enfermeros realizan un trabajo insalubre.
Sala Meléndez La sala, de unos treinta metros de largo por 5 de ancho, tiene grandes estufas modernas que no funcionan por errores en la instalación. En su reemplazo hay tres pequeñas pantallas ubicadas en lo alto, para que los internos no puedan tocarlas. Eran las nueve de la mañana y los pacientes estaban acostados sobre los elásticos de las camas, tapados con frazadas muy finas de lo gastadas que están.
—¿Y los colchones?—
No, los colchones los sacamos para que los internos no estén todo el día acostados y hagan alguna actividad —contestaron los profesionales que recibieron a la Asamblea.
El baño de la Meléndez es otro símbolo de abandono: el olor es nauseabundo. Los pisos están mojados, la batea agujereada y manchada de sarro y óxido por la podredumbre de los caños, y no hay inodoros; sólo letrinas, con división pero sin puerta.El encargado de este pabellón es el psiquiatra Gustavo Apreda, quien dio un diagnóstico que puede hacerse extensivo al resto del hospital: "La situación de esta sala tiene que ver con una concepción de aislamiento y de ocultación del enfermo".
En el comedor de la Griesinger, los enfermos esperan pasar el tiempo.


La psiquiatra Patricia Pauluc, encargada de la Sala Griesinger, explicó que, con este ritmo de vida, los pacientes "desarrollan cierta inmunidad porque si no estarían muertos pasando un invierno". Y agregó: "Si nosotros viviéramos acá un invierno creo que hacemos neumonías terribles en un toque. Hay tuberculosis, ha habido imágenes de tuberculosis cavernosas, que ocurrían más de 50 años atrás. Hay desnutrición, que con infecciones como la tuberculosis hace la virulencia. También hay micosis, cuadros digestivos, parasitosis..."En tanto, una trabajadora del laboratorio de Patología aseguró que la principal causa de muerte de los internos es por broncoaspiración: asfixia que les produce tragar elementos no comestibles, como bolsas. Y dijo que muchos padecen enfisemas pulmonares por el consumo de tabaco, que les provee el propio hospital Mano de obra barata
El servicio de limpieza está garantizado tanto en el hospital general como en el neuropsiquiátrico, pues está a cargo de una empresa, que asiste una vez por día, y de los internos, que realizan el mantenimiento. Puede verse a los pacientes cargar con las bolsas de ropa sucia y limpia de su pabellón o, incluso, empujar los carros con sábanas de las camas del hospital general. También se los puede encontrar cuidando la limpieza de los baños. Estos servicios de los "locos" le cuestan al sistema de salud bonaerense un puñado de yerba y unos cigarrillos por interno. Los que mejor ganan son los que cuidan los baños, ya que tienen la posibilidad de recibir monedas de los usuarios.
Marcelo, trabajador social del hospital desde hace doce años, explicó que este sistema es "una vieja usanza manicomial. Se toma el cigarrillo como un valor de cambio por un trabajo: llevar las historias clínicas de un lado al otro o bien hacer un trabajo particular, como la limpieza o lo que sea".Agregó que los pacientes deberían recibir un peculio que paga el Estado: "Son cerca de 20 o 25 pesos por mes, que acumulados por las tardanzas de pago llegaban a ser por ejemplo, a veces, 50 o 70 pesos. Ahora eso se ha acabado, lo que hace que se siga usando el tabaco y la yerba, que viene en poca cantidad, actualmente. Aún así, el paciente, sin tabaco y sin yerba, hace las tareas".A la buena del destinoCuando la APDH La Plata visitó la sala Griesinger, ubicada en medio del campo y con acceso de tierra, llevaba tres días sin agua y una semana sin teléfono. Los profesionales denunciaron que en una oportunidad un paciente de 85 años esperó una semana para que un médico se traslade hasta esa sala.
Ocurre que el hospital tiene una sola ambulancia en uso para todas las necesidades internas y de la comunidad. Las moscas son un denominador común de todas las instalaciones del Melchor Romero. En la Griesinger, que llevaba varios días sin agua, se las encontraba en todos lados: sobre la mesa, en las bateas, en las camas y, por supuesto, en los baños.
La Griesinger tienen grandes problemas edilicios, como caños rotos, paredes húmedas y techos por los que se filtra el agua. Funcionarios del Ministerio de Salud recomendaron derribarla. En las paredes de los pabellones cuelgan, eternos, opacos adornos navideños y carteles descoloridos que alguna vez festejaron un cumpleaños; indican el destino de abandono que espera muros adentro.

Manicomio

Nosocomio (nosokomion) llamaban los griegos a los hospitales en general. NosoV (nósos) es enfermedad y komaw (komáo) cuidar, atender. Un nosocomio era, pues, el lugar donde cuidaban a los enfermos. La palabra manicomio la hemos obtenido por analogía con nosocomio, sustituyendo el primer elemento por el término mania (manía), que significa locura.
Hay que empezar diciendo que los griegos tenían un alto concepto de la locura. La consideraban la mejor vía de comunicación del hombre con los dioses qeia mania (zéia manía), la llamaban. "Divina locura", y consideraban que era un don de los dioses. Es preciso recordar a estos efectos que las religiones cuanto más antiguas son, menos tienen de dogmático y más de vivencial. Por eso en los ritos antiguos, de los que muchos todavía perviven en África y en Brasil especialmente, los fieles se prestan a ser poseídos por espíritus ajenos al propio. A esos efectos buscan entrar en trance mediante sahumerios, fumatas, licores sagrados, cantinelas, gestos y danzas, hasta alcanzar la total enajenación; a partir de ahí no son ellos los que danzan o hablan, sino que es el dios quien danza y habla a través de ellos. Inmersos en esta cultura religiosa, en que el estar fuera de sí era una condición indispensable para entrar en el mundo de los espíritus y de los dioses, se entiende que los griegos considerasen divina la enajenación mental, tuvieran por tanto un gran respeto por ella y la llamasen divina locura.
Es el racionalismo a ultranza el que ha desacreditado la locura. Las cortes de la Edad Media y del Renacimiento tenían a los bufones como contrapeso a la cordura y como látigo de la vanidad. Recordemos al gran Erasmo, cuya obra más leída fue justamente el "Elogio de la locura" (Su título griego MwriaV egkwmion / morías encómion, y su subtítulo latino, Stultitiae laus = alabanza de la tontez). Es el elogio del instinto frente a la razón.
Durante siglos anduvieron los locos sueltos por la calle, y siguiendo la tendencia de los griegos, eran respetados y cuidados. Eran como algo sagrado que no se debía profanar. Pero en cuanto las religiones se hicieron dogmáticas, los locos perdieron su don divino. Se quedaron en sólo locos, que servían de diversión a los chiquillos y también a los mayores. Se convirtieron en una lacra y en un espectáculo muy poco edificante. Había llegado la hora de encerrarlos. Se fundaron para ellos los manicomios, el primer hospital especializado, que a imagen y semejanza de todos los hospitales era un lugar para hospedar a los que no tenían dónde ir, en el que además de hospedaje se les daba asistencia médica. Precisamente en el caso de los locos, este aspecto tardó muchísimos años en existir. Los manicomios fueron durante siglos (incluido el nuestro) un lugar de encierro de los locos para quitarlos del medio, con características más similares a la cárcel o al hospicio que al hospital. Esa fue la razón decisiva por la que se les cambió el nombre, pasando a llamarse hospitales Psiquiátricos